Todos los colores

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La calle. Ese lugar que vivimos a diario y apenas queremos. En la ciudad, atestado de cemento, ruido, rejas, y muros. Esa calle para algunos es lienzo, una opción amplia donde habitan seres de este y otros planetas, salidos de las cabezas de aquellos que todo lo pueden pensar en grande.

En Miami, donde todo pareciera ser sol, playa y arena hay un distrito en el cual el arte ha recuperado el espacio que se había llevado el abandono: Wynwood. Una galería a cielo abierto, en la que el espectador transita tantos escenarios posibles como en la vida misma.

Allí, hay un par de muros donde los seres del mar son traídos a la tierra por David Lavernia (DaveL), un artista nacido en Florida, de padres cubanos, que entre azules y amarillos inunda el crudo concreto de formas definidas, e historias imaginables.

Cuando conversamos noto que él no sabe exactamente a qué edad empezó a pintar, tal vez a los 8 años me dice, pero sabe exactamente el momento en el que tuvo que tomar en serio su talento: cuando la zona de confort terminó. Y es que si la tienda en la que trabajaba no hubiera cerrado, seguramente seguiríamos inocentes de su capacidad para mostrarnos la forma en la que comprende el océano y sus habitantes, que son sus principales creaciones, pero no las únicas.

Hablamos aquí de las paredes, del gran formato, pero David pinta también tablas de surf, carros, cuadros, y cuanta superficie sea amiga de portar un estilo único, que parece siempre iluminado por un sol radiante, una luz atravesada que multiplica el color, y lo hace todo lo fuerte que puede ser.

Le pregunto porqué pinta, y me dice que por repartir un poco de felicidad, y hay que ver cómo lo logra. Pienso que un objeto que conoce el trazo de un artista, no vuelve a ser el mismo, se transforma para siempre, se hace merecedor de una magia  y una alegría irremplazables que solo son posibles a través de una acción creativa.

Admiro ese trabajo carente de palabras, que tan poco se parece al mío, que logra hablar sin llevar una sola letra, que inspira y divierte, que invita a inventarse una historia, a poner un nombre, y en el caso de David a nadar en esa agua de tortugas gigantes, olas de colores, y peces que sonríen.

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