Las sombras del cine colombiano

En las últimas semanas he tenido la posibilidad de ir a cine a ver historias que no repiten el disco rayado de los temas fáciles. Cine con corazón le digo yo, a dos películas que me dejaron con ganas de un foro (en realidad más de un grupo de apoyo), para sacar la rabia, el dolor, el amor, y la impotencia que me recorrieron el cuerpo a través de Carta a una sombra, y La tierra y la sombra.

Afiches Carta a una sombra y La tierra y la sombra

La primera, una pieza impecable que obliga al público a aplaudir al final. Como si el aplauso condensara las lágrimas, y fuera un homenaje a Héctor Abad Gómez, y a todas y cada una de sus luchas. Y a la vez, fuera un abrazo a su viuda, a sus huérfanos, a los nietos que privaron de un abuelito enamorado de las rosas y los libros. Es un documental que vibra entre canciones y poemas, con imágenes y voces de archivo, que nos muestra que no solo hemos perdido héroes políticos, sino también a soñadores que creían que el mundo podía ser un poquito más vivible. Duele porque es una historia repetida, la de aquellos que fueron apagados por voluntades ajenas; porque da rabia saber que muchos no se mueren de viejos como propone el protagonista; y porque trae de la mano las imágenes de otros que también han andado los caminos de ser señalados, amenazados y perseguidos por ser fieles a sus sueños.

La segunda, es una película que parece escrita y rodada a versos. Cinco personajes principales llenos de la humanidad que da el campo, que persiguen en su día a día la raíz con una tierra que se ha comido la caña, y que les llueve humo y ceniza. Un juego de roles múltiple que nos habla del desarrollo, de la injusticia del sistema laboral, de los inalcanzables derechos sociales, del perdón, y de la vida, sin un discurso que lo grite. Solo un samán gigante, los machetazos de las mujeres corteras, y los largos caminos que llevan a una casita que parece una declaración de resilencia. La muestra de una violencia silenciosa que aniquila tanto como los fusiles, narrada a través de un Valle del Cauca monocultivado, cuya belleza es tibia, y no alcanza para la felicidad de los que lo habitan.

Dos historias que nos muestran un país por el que andan miles de cuentos, de quereres, de pérdidas. Dos sombras inmensas que le dan luz a un cine harto de traquetos, y chistes flojos, y que entregan en audiovisual el sentimiento por la narración. Cualquier párrafo es injusto frente a su calidad y calidez. Gracias a Daniela Abad y a César Acevedo, quienes son un testimonio de lo posible, de un cine hecho en Colombia, con mucho más que estereotipos. La otra parte es de nosotros: llenar las salas, dejar que broten las lágrimas, y decirle al mundo que todavía estamos aprendiendo a contarnos.

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