Lo que hay que restituir además de la tierra

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Como comunicadora social, pero sobre todo como colombiana, me he preguntado constantemente cómo podemos dar el salto para romper el círculo de violencia que durante generaciones hemos alimentado en el país.

Pese a no tener la respuesta, he formulado muchos interrogantes. Los más recientes, en compañía de Paola Forero, psicóloga de la Universidad del Externado, con quien publiqué mi tesis de maestría este año. Nuestra preocupación fue revisar qué sucede en el tejido social (es decir las relaciones entre amigos, vecinos, instituciones, etc.) cuando las comunidades regresan a los territorios de los que fueron desplazadas o despojadas, esto en el marco de la restitución de tierras.

No hay conclusión sencilla, cuando se entiende -en el caso que revisamos- que un grupo de personas vuelve a habitar un lugar donde fueron víctimas del conflicto armado, luego de 20 años, y en condiciones sumamente distintas, o, ¿quién no cambia en dos décadas?

Esta investigación, fue posible gracias a los parceleros de Santa Paula (en el departamento de Córdoba), quienes nos cedieron sus historias y momentos, para ver conjuntamente la relación entre tejido social, comunicación y construcción de paz.

Las conclusiones de nuestro trabajo, están disponibles haciendo clic aquí, en un artículo que escribimos para la Revista Ciudad Paz-Ando en coautoría con Jairo Ordóñez, quien guió este proceso.

Pero las verdaderas conclusiones están en quienes nos dieron el privilegio de escucharlos, de entenderlos, de compartir preocupaciones y visiones a futuro. Los que no están esperando la paz, sino que la están construyendo.

 

 

 

Las sombras del cine colombiano

En las últimas semanas he tenido la posibilidad de ir a cine a ver historias que no repiten el disco rayado de los temas fáciles. Cine con corazón le digo yo, a dos películas que me dejaron con ganas de un foro (en realidad más de un grupo de apoyo), para sacar la rabia, el dolor, el amor, y la impotencia que me recorrieron el cuerpo a través de Carta a una sombra, y La tierra y la sombra.

Afiches Carta a una sombra y La tierra y la sombra

La primera, una pieza impecable que obliga al público a aplaudir al final. Como si el aplauso condensara las lágrimas, y fuera un homenaje a Héctor Abad Gómez, y a todas y cada una de sus luchas. Y a la vez, fuera un abrazo a su viuda, a sus huérfanos, a los nietos que privaron de un abuelito enamorado de las rosas y los libros. Es un documental que vibra entre canciones y poemas, con imágenes y voces de archivo, que nos muestra que no solo hemos perdido héroes políticos, sino también a soñadores que creían que el mundo podía ser un poquito más vivible. Duele porque es una historia repetida, la de aquellos que fueron apagados por voluntades ajenas; porque da rabia saber que muchos no se mueren de viejos como propone el protagonista; y porque trae de la mano las imágenes de otros que también han andado los caminos de ser señalados, amenazados y perseguidos por ser fieles a sus sueños.

La segunda, es una película que parece escrita y rodada a versos. Cinco personajes principales llenos de la humanidad que da el campo, que persiguen en su día a día la raíz con una tierra que se ha comido la caña, y que les llueve humo y ceniza. Un juego de roles múltiple que nos habla del desarrollo, de la injusticia del sistema laboral, de los inalcanzables derechos sociales, del perdón, y de la vida, sin un discurso que lo grite. Solo un samán gigante, los machetazos de las mujeres corteras, y los largos caminos que llevan a una casita que parece una declaración de resilencia. La muestra de una violencia silenciosa que aniquila tanto como los fusiles, narrada a través de un Valle del Cauca monocultivado, cuya belleza es tibia, y no alcanza para la felicidad de los que lo habitan.

Dos historias que nos muestran un país por el que andan miles de cuentos, de quereres, de pérdidas. Dos sombras inmensas que le dan luz a un cine harto de traquetos, y chistes flojos, y que entregan en audiovisual el sentimiento por la narración. Cualquier párrafo es injusto frente a su calidad y calidez. Gracias a Daniela Abad y a César Acevedo, quienes son un testimonio de lo posible, de un cine hecho en Colombia, con mucho más que estereotipos. La otra parte es de nosotros: llenar las salas, dejar que broten las lágrimas, y decirle al mundo que todavía estamos aprendiendo a contarnos.

Yo no vengo a decir un discurso

Así tituló Gabriel García Márquez uno de sus últimos libros en el que reúne una serie de escritos, leídos por él mismo a lo largo de su vida ante diversas audiencias y contextos: “desde el primero que escribe a los 17 años para despedir a sus compañeros del curso superior en Zipaquirá, hasta el que lee ante las academias de la Lengua y los Reyes de España al cumplir 80 años”.

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Tierra color tomate

Mucho antes de que tú nacieras, el planeta ya existía. El sol se paseaba por los campos, y muchos de los animales que conoces vivían donde hoy hay edificios. ¿Te has puesto a pensar cómo era todo antes de ti?, y ¿Puedes imaginar cómo será después?

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¿La ética tradicional se aplica también ‘online’?

Las Tecnologías de la Información y la Comunicación (TIC) han transformado sustancialmente la vida de las personas, modificando la forma como se relacionan, interactúan y se informan; de igual manera han traído cambios al quehacer periodístico, ofreciendo herramientas, nuevos canales y sobre todo nuevas prácticas para la reportería y la difusión de la información.

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El inicio del fin del mundo

Solo doce horas antes de estar sentada en la sala de espera del aeropuerto conocí a quién sería el compañero de la aventura más grande de mi vida. Confieso que ese viaje me atemorizaba, pero había asumido un compromiso inmenso con la casa editorial del periódico en el que trabajaba y era a la vez un reto personal que, estaba segura, iba a darle un gran impulso a mi carrera.

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